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    Román anunció que se va de Boca

    05.07.2012 | Comentá (0)

    Un clima enrarecido por decenas de versiones precedió la derrota ante Corinthians; luego de la final, Riquelme confirmó que dejará la entidad de la Ribera: "Me siento vacío, no tengo más nada para darle al club. Soy bostero y no puedo jugar a la mitad"

    SAN PABLO.- Las versiones, los rumores, se hicieron trizas. Era la 1.24 de la madrugada. Juan Román Riquelme esperó que todos sus compañeros abandonaran las entrañas del Pacaembú. También dejó que pasara el presidente Daniel Angelici, que no se ahorró una mirada inquisidora, con furioso rechazo por lo que sabía que iba a suceder. Román, por momentos quebrado, tomó la palabra y confirmó las presunciones: se va de Boca. "Me siento vacío, no tengo más nada para darle al club. Soy hincha de este club, soy bostero, y no puedo jugar a la mitad. He vivido para el fútbol hace 16 años y hoy llegué a lo máximo, no pensé que iba a jugar otra final de Copa Libertadores. Voy a estar agradecido por siempre con la gente de Boca, no tengo más nada que dar. Si me quieren ver mis hijos jugar más, veré que hago, pero en Boca no jugaré más". Comenzaba la era post Riquelme en el mundo xeneize. ¿Por qué se sintió vacío? ¿Por qué dijo que no podía seguir jugando a la mitad? Decenas de preguntas quedaron en el aire y comenzarán a responderse en los próximos días. Riquelme ya no jugará en Boca, pero atención, todavía no cerró su carrera y esta situación promete nuevos capítulos en la convulsionada interna de Boca.

    Sólo Juan Román Riquelme sabrá exactamente lo que sintió una vez que todo estuvo perdido. Miró la nada y dejó que su mente se escapara por ahí. Saludó a todos, incluso a los rivales. Se detuvo y levantó a varios de sus compañeros tendidos. Hasta se abrazó con el DT Julio César Falcioni, incluso le dio un beso. También con el presidente Daniel Angelici, que a esas alturas ya estaba en el pasto. El capitán también tuvo hidalguía y estrechó las manos rivales. Los ojos lo siguieron y, pese a la dura caída, se movió con soltura. Juntó al resto de los jugadores y, pese al abatimiento, le ofrendó el esfuerzo a aquel puñado de hinchas que, en un rincón, se preguntaron qué sería de su líder, de Román, del que se tejieron mil y una versiones sobre su continuidad justo antes del trascendental desafío. El clima fue y es enrarecido, ahora potenciado por la caída en la Copa Liberadores.

    El revuelo se armó alrededor del ídolo de Boca por tantos comentarios entremezclados. Quiso que el plantel estuviera completo, incluso con los que no iban a ser de la partida, como Facundo Roncaglia, Sebastián Battaglia y hasta Nicolas Colazo. Parecía que tenía algo importante que decir. Si hasta se pensó en el retiro de la estrella, ya cansado de las presiones y los momentos candentes que siempre vive el club de la Ribera. Nada se escuchó de manera oficial. Seguramente, si ocurrió, habrá sido en una madrugada de palabras firmes, aunque algunas entrecortadas, gestos duros y ojos vidriosos.

    El tiempo más feliz, en 2007, con la última Copa Libertadores.

    Las horas anteriores a la final se llenaron de versiones y comentarios. Todas ellas vinculadas con el futuro de Riquelme. Se dijo, se sugirió que el capitán xeneize tomaría una determinación que torcería el rumbo de su carrera. Incluso, uno de los hermanos de Riquelme puso en su cuenta de Twitter: "La bomba que se viene mañana en Brasil ni se imaginan, se mueren". Si bien Sebastián, el hermano de Riquelme, habría aclarado que nada tiene que ver con un retiro del futbolista, hubo varias voces que indicaron que el N° 10 está cansado de tantos contratiempos internos y eso lo está empujando a tomar esta determinación. Pero en un escenario en el que se multiplicaron las versiones también se deslizó una millonaria oferta de Qatar por Riquelme y Clemente Rodríguez. Se agregó, además, que los dos jugadores aceptarían irse de Boca. Esta determinación estaría atada a las relaciones internas que desgastaron el ánimo de ambos futbolistas y que, juntos, se habrían decidido por un cambio de aires. El enigma creció con el transcurso de las horas, sobre todo porque Sebastián borró el mensaje de la red social y nadie dio más pistas sobre esa sensación de inestabilidad que sobrevoló por Boca.

    Fue una noche especial. Román es así de especial. Pocas cosas le pueden robar una sonrisa. Quizá jugar a la pelota con su hijo Agustín, tomar mate con su mamá Ana María, comer un asado con los amigos. Cuesta encontrar situaciones que lo emocionen. Su rostro no suele regalar demasiadas expresiones vinculadas con sus sentimientos. Sin embargo, la luz que irradian sus ojos y el rubor de sus mejillas cuando siente la adrenalina que imprime la Copa Libertadores lo trasportan a ese lugar de fascinación que él siente como placentero. Como si llegar a la cima de América tuviese ese aroma a las interminables tardes de potrero en su Don Torcuato natal. Allí donde Riquelme tejió cada sueño, hizo garabatos en el aire y después los coronó en su Boca querido.

    Riquelme no puede contra su naturaleza y, a estas alturas, prefiere no engañarse: ofrece su mejor versión cuando está la Copa en su horizonte. Así como en 2011 quería el torneo local para llegar hasta esta noche, en el comienzo de 2012 se propuso estar ahí parado, justo en el centro del escenario, con el trofeo en alto, rodeado de papelitos, iluminado por una infinidad de flashes. No pudo ser. El intento quedó a mitad de camino. Ese momento que imaginó jamás llegó. Sus números igual habrá que recordarlos. Se convirtió en el jugador xeneize con más partidos en el certamen continental, con 65 juegos, y en el máximo artillero, junto con Martín Palermo, de Boca en la competencia con 23 tantos. Pero fundamentalmente, más allá de los fríos de los números, él se sentía el autor intelectual de esta última conquista. Pero no pudo ser.

    Riquelme lo vivió con una intensidad distinta por lo que ocurrió en medio de un panorama complicado. Quedó en el medio de las miradas de aquella tormenta de Barinas, cuando las diferencias con el entrenador Julio Falcioni pusieron en jaque todo el proyecto. Se compuso y mostró su mejor versión cuando pisó Santiago de Chile y, ante Unión Española, en los octavos de final, desplegó todo su repertorio estratégico y estético. Ese que recordó al Riquelme que fue determinante en la consagración de 2007, cuando Boca ganó la Copa ante Gremio. El mismo que fue influyente en la coronación en 2000, en aquella final ante Palmeiras y le permitió a los xeneizes volver a festejar después de 22 años. Y también se pareció al que fue elegido como el mejor jugador de la competencia en 2001, tras volver por segundo año consecutivo al escalón más alto del continente después de vencer a Cruz Azul, de México.

    "Yo soy feliz porque sabía que podía volver a jugar al fútbol y servirle al equipo. Por algo pedí que me hicieran un contrato de cuatro años. Yo soy bostero y me voy a morir bostero. Estoy disfrutando de este momento". Y allí, en ese momento, es tan genuino que no admite discusiones. Más allá de los mensajes que suele enviar desde su oratoria, cuando habla de su pasión por Boca y su deseo de ganar la Copa Libertadores emana la misma frescura que tenía cuando jugaba al baby fútbol en el club La Carpita, de Villa Libertad, cuando lo descubrió Jorge Rodríguez, allá en el barrio San Jorge de Don Torcuato. Cuando tenía apenas siete años. No pudo ser.

    El 12 de septiembre de 1996 comenzó el romance más apasionado, cuando Boca le pagó 800.000 dólares a Argentinos para tenerlo. Y el 10 de noviembre de ese mismo año se selló el amor, ese que lo pone en el firmamento xeneize. Y casi como si hubiera podido elegir el camino, estos 16 años de pasión y devoción por la Copa Libertadores parecen terminar aquí, en San Pablo, porque el propio Riquelme fue claro antes de la definición: "Tengo 34 años y soy consciente que puede ser mi última final de Copa. Estoy disfrutando y quiero darle una alegría a los hinchas de Boca".

    No pudo ser en la Copa Libertadores. Sólo él, en esa mirada perdida, sabrá qué vendrá más adelante. Es difícil imaginarlo. Más cuando se trata de Román.

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